19 de Julio de 2018

La dureza de un beso: Sobre la exposición ‘Cosmología’ de Martín Lagares

Por Jennifer Rodríguez-López.

 

El beso, manifestación física del amor, del deseo, de la pasión. También de la traición. Expresión de la alegría, la amistad y la unión familiar. Besos dados al aire en el saludo pijotero, besos sonoros de abuela, besos tristes de despedida… Ha sido el leitmotiv de muchas obras artísticas, destacando el beso vestido de Magritte, el erótico de Schiele, el beso áureo de Klimt, el irreal y vaporoso de Chagall, el furtivo de Hayez, el cubista de Picasso, el beso apasionado de Lichtenstein, el fundido de Munch, el romántico y dulce de Toulouse-Lautrec, o el reivindicativo de Bansky.

 

Igualmente, el cine ha recogido este motivo, desde la película underground Kiss de Andy Warhol y la cómica “Kiss Me, Stupid” dirigida por Billy Wilder, hasta los besos cinéfilos incluidos en Lo que el viento se llevó, De aquí a la eternidad y Casablanca. La música tampoco ha ignorado el poder comunicativo de los besos, con canciones como “Kiss” de Prince, “Kiss Me” de Sixpence None the Richer, o “Kiss Me A Lot” de Morrissey, además del mítico grupo Kiss. En castellano, contamos con el muchas veces versionado “Bésame mucho” de Consuelo Velázquez y el clásico “Un beso y una flor” de Nino Bravo.

 

 

La fotografía nos ha regalado grandes besos como los de Eisenstaedt (todo el mundo conoce ese celebérrimo beso, convertido en icono, en Times Square del marino americano y la enfermera en 1945) y Doisneau con su beso parisino, captando un instante que ha pasado a la memoria colectiva. Por supuesto, también la escultura ha integrado el beso en piezas como las de Rodin, Canova o Brancusi, evidenciando en cada una de ellas técnicas y tratamientos muy distintos.

 

Así sucede también en la exposición Cosmología de Martín Lagares, inaugurada el pasado 12 de julio en el Museo de Huelva, en la que el escultor muestra una instalación compuesta por una hilera de besos que recorre la sala y envuelve al visitante, convirtiéndolo en el centro de un universo de expresiones amorosas de diferentes colores.

 

La Sala Negra del Museo de Huelva, ubicada en la planta baja del mismo, aporta, con el azul oscuro de sus paredes, el fondo perfecto para la representación de este cosmos compuesto por besos en serie, una constelación lineal con distintas escenas de románticos y dulces besos, alejados de la cursilería inherente a este motivo. La exposición se completa con dos piezas escultóricas, orbes en este firmamento artificial creado por las manos del artista, cuyo color terroso contrasta con la variedad cromática de la instalación que las rodea.

 

 

Parte (o la totalidad) de la sensibilidad y de la personalidad de Martín Lagares se encuentra adherida a la superficie de estas piezas, casi ciento cincuenta besos en los que la dureza del material contrasta con la ternura y la sensualidad de las imágenes. Las texturas, propias de una técnica interesada en la expresión, se ven subrayadas por una intencionada iluminación que completa la creación de un ambiente sutil e intimista.

 

Cosmología, que podrá visitarse en el Museo de Huelva hasta el 2 de septiembre, no habla de las leyes, del origen y de la evolución de los besos, ni siquiera habla del amor, habla de la percepción del escultor, de la necesidad de esculpir la idea que representa el beso para él, de forma personal e íntima, estando recogida de manera sublime en las palabras de Juan Ramón Jiménez, presentes en la sala del mismo modo en el que el poeta está vigente en la concepción vital de Lagares.

 

El beso como modo de vida, como forma de comunicación, como vehículo transmisor de sentimientos, como traductor de emociones. El beso como celebración del deseo, como manifestación de la alegría de estar vivo, de estar aquí, de estar contigo. No dejéis los besos para el 13 de abril (Día Internacional del Beso). ¡Salid y batid el récord del beso más largo del mundo, de 58 horas, 35 minutos y 58 segundos!